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De como ponerse farruco al autobús y salir indemne.
Si tú eres un conductor con pinta de malote de discoteca del extrarradio, un jundai cupé amarillo, y la misma capacidad intelectual que un chimpancé en terapia de electroshock. Y yo soy un autobús de la EMT, con patente de corso para hacer lo que me venga en gana, peso cuatro toneladas y voy cargado hasta los topes con viajeros de mala leche y un conductor que perdió los escrúpulos y el sentido común la primera vez que cogió un volante ¿Quién va a salir escaldado?
Premio, tú.
Pero pueden pasar varias cosas, a saber:
El autobús te arrollara, destrozara tu coche de pijulino, serás linchado por una multitud enfebrecida que viaja en el susodicho autobús, vejado, sodomizado, descuartizado, pisoteado, insultado, escupido, apaleado, golpeado con cualquier objeto que tengan los usuarios a mano, ya sea un bolso, cartera, bastón, mochila con o sin ruedas, carpeta, iPod, discman o brazos ortopédicos, y no necesariamente por ese orden ni necesariamente de forma ordenada. Seguramente algún conductor igualmente enfebrecido se bajara de su querido automóvil y te golpeara con el gancho antirrobo, un taxista usara su monedero como objeto arrojadizo, el motorista usara su casco a modo de porra, el jubilado de camino al asilo pedirá prestados unos triángulos de señalización y huirá con ellos después de cortarte los tendones de las rodillas, el de las mudanzas pondrá sus cuerdas a disposición de la muchedumbre, buscaran un árbol de sólidas ramas y colgaran por los genitales lo que quede de tu cuerpo destrozado. (Vale, es un caso extremo, pero posible)
Tú te achantas como buen conocedor de la facilidad de los autobuses para comportarse cual marabunta y arrollar todo a su paso sin sufrir un rasguño ni tener remordimientos (Esto es improbable, primero has de pensarlo, y sabemos que no estas capacitado para ello)
Frenazo, sacas medio cuerpo por la ventana, insultas al autobusero, al taxista que te pita para que te quites del medio, al conductor de la C-15 roja con el rotulo de Reformas Nicolás y su aliento a carajillo, al jubilado que quería cruzar y casi atropellas y sigues tu camino. (Opción más probable)
Te comportas de manera normal, cedes el paso al autobús, que para algo te ha ganado la izquierda, y sigues tu camino de forma sosegada. Que son las ocho y media, que hay mucho tráfico y te va a sentar mal el café (Espera, que me da la risa, esto sí que es un caso extremo)
¿Y qué sucedió en realidad?
Aunque parezca mentira la segunda opción salio ganadora, no dijo ni mú, puso mala cara y se jodió y se aguantó después de intentar adelantar por el carril bus y sin darse cuenta de que es zona de aparcamiento obligada. Seguiremos esperando que un día le toque la primera opción, así podré decirle a mi madre que ponga el telediario que voy a salir en la tele como testigo y parte de una rencilla sin importancia.
Si tú eres un conductor con pinta de malote de discoteca del extrarradio, un jundai cupé amarillo, y la misma capacidad intelectual que un chimpancé en terapia de electroshock. Y yo soy un autobús de la EMT, con patente de corso para hacer lo que me venga en gana, peso cuatro toneladas y voy cargado hasta los topes con viajeros de mala leche y un conductor que perdió los escrúpulos y el sentido común la primera vez que cogió un volante ¿Quién va a salir escaldado?
Premio, tú.
Pero pueden pasar varias cosas, a saber:
El autobús te arrollara, destrozara tu coche de pijulino, serás linchado por una multitud enfebrecida que viaja en el susodicho autobús, vejado, sodomizado, descuartizado, pisoteado, insultado, escupido, apaleado, golpeado con cualquier objeto que tengan los usuarios a mano, ya sea un bolso, cartera, bastón, mochila con o sin ruedas, carpeta, iPod, discman o brazos ortopédicos, y no necesariamente por ese orden ni necesariamente de forma ordenada. Seguramente algún conductor igualmente enfebrecido se bajara de su querido automóvil y te golpeara con el gancho antirrobo, un taxista usara su monedero como objeto arrojadizo, el motorista usara su casco a modo de porra, el jubilado de camino al asilo pedirá prestados unos triángulos de señalización y huirá con ellos después de cortarte los tendones de las rodillas, el de las mudanzas pondrá sus cuerdas a disposición de la muchedumbre, buscaran un árbol de sólidas ramas y colgaran por los genitales lo que quede de tu cuerpo destrozado. (Vale, es un caso extremo, pero posible)
Tú te achantas como buen conocedor de la facilidad de los autobuses para comportarse cual marabunta y arrollar todo a su paso sin sufrir un rasguño ni tener remordimientos (Esto es improbable, primero has de pensarlo, y sabemos que no estas capacitado para ello)
Frenazo, sacas medio cuerpo por la ventana, insultas al autobusero, al taxista que te pita para que te quites del medio, al conductor de la C-15 roja con el rotulo de Reformas Nicolás y su aliento a carajillo, al jubilado que quería cruzar y casi atropellas y sigues tu camino. (Opción más probable)
Te comportas de manera normal, cedes el paso al autobús, que para algo te ha ganado la izquierda, y sigues tu camino de forma sosegada. Que son las ocho y media, que hay mucho tráfico y te va a sentar mal el café (Espera, que me da la risa, esto sí que es un caso extremo)
¿Y qué sucedió en realidad?
Aunque parezca mentira la segunda opción salio ganadora, no dijo ni mú, puso mala cara y se jodió y se aguantó después de intentar adelantar por el carril bus y sin darse cuenta de que es zona de aparcamiento obligada. Seguiremos esperando que un día le toque la primera opción, así podré decirle a mi madre que ponga el telediario que voy a salir en la tele como testigo y parte de una rencilla sin importancia.

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